Archivos para agosto, 2009

El cruce de caminos.

Posted in Cosas mías... with tags , , on agosto 12, 2009 by Rbk.

Hace tiempo, comencé un pequeño relato para el blog de mi amigo Barrankas. En principio iba a constar de tres capítulos, pero se me fue la olla (como siempre) y acabaron siendo cuatro. El último lo terminé hace poco más de una semana y ya está entregado y publicado (¡por fin!) en el blog de mi amigo.

No es que la historia sea gran cosa, ni tampoco sea muy original pero la hice con mucha ilusión y me gustaría compartirla con vosotros aquí, en Enemigo Interior.

Si tenéis un ratillo u os aburrís una tarde o una mañana…o una noche. Podríais echarle un vistazo e incluso hacerme una crítica (pero sin pasarse, eh!) si os parece oportuno.

Gracias de antemano.

EL CRUCE DE CAMINOS O COMO MI ALMA SE HIZO BLUES (I).

Robert%20JohnsonEsta es la noche en la que tendré que pagar. Estoy sentado en el camerino a solas con mi botella de bourbon y mi vieja Gibson, tengo frío aunque gotas de sudor surcan mi rostro, eso debe de ser el miedo: gotas de sudor frío cubriendo mi cara ante la certeza de que esta noche pagaré con mi alma…es lo justo.
Dispongo de hora y media aproximadamente y lo que más me apetece es estar solo y recordar quien fui antes de que Legba se lleve mi alma para siempre. Solo con mis recuerdos, con mamá, con mi niñez, con mis mujeres, con los hijos que nunca conocí y andarán por los caminos polvorientos del sur, descalzos y hambrientos.
No me arrepiento de nada, Legba cumplió su parte, me dio el poder, veintinueve poderes para ser exactos. He llegado tan alto como un chico negro de Hazlehurt  puede llegar, he alcanzado notas que nadie ha tocado antes, he sido envidiado por aquellos a los que un día envidié. He cumplido mis deseos, sin embargo…tengo miedo.
¿Recuerdas Legba aquella noche sin luna? Estaba terriblemente herido en mi orgullo. Aquellos puercos de Patton y Willie Brown, pronto iban a lamer el barro de mis botas.
Había escuchado muchas historias acerca de ti, crecí con esas historias, pero nunca pensé que fueran más que eso, antiguas leyendas de esclavos que inventaban para consolarse de la tiranía de los amos. ¿Pero que es el blues?, ¿acaso no es el lamento del esclavo que se consuela de la misma tiranía?; si el blues existe -porque lo respiro y lo siento- ¿por qué no ibas a existir tu?
Fue la abuela Majors la que me habló de ti. Me contaba antiguas historias de la plantación Laveaux donde ella creció. Me las solía contar en las tardes de verano, cuando era muy pequeño, mientras me mecía suavemente en su regazo. A veces me cantaba un blues muy viejo. Ella decía que era de los tiempos de la guerra y que en realidad era una especie de mapa, cantado en clave, para ayudar a huir al norte a los esclavos fugados. Hablaba de un río, de un árbol, de un sendero y un cobertizo desvencijado donde el Señor pondría su mano y te salvaría de todas tus desdichas si conseguías llegar. Su familia…mi familia, nunca huyó. De hecho los Majors eran negros libres desde antes de la guerra, trabajaban en la plantación bajo salario y estaban bien considerados por el amo Laveaux que incluso les concedió una destartalada cabaña y  un trozo pequeño de tierra. Contaba la abuela que los demás negros decían en tiempos de su bisabuelo, que éste era un hechicero Yoruba y que, harto de maltratos y vejaciones, invocó al perro negro que conduce hasta el cruce de caminos donde Legba espera. Según la abuela, desapareció durante cinco días, el amo le creía fugado y mandó batir la zona para encontrarlo. Volvió solo y se presentó ante el amo, nadie sabe que pasó en aquella habitación, pero muy lejos del castigo y sin saber por que razón, el amo le concedió la libertad y lo que es aun mas extraño, le miraba con respeto. Cinco años después mi antepasado moriría asesinado.
Esta historia se me quedó grabada a fuego en la memoria, deseaba ser un bluesman, deseaba que mis dedos fueran más ligeros y se deslizaran con más soltura por el mástil de mi guitarra. Lo intenté por mis propios medios, lo intenté hasta la extenuación y sólo recibí burlas de aquellos a los que admiraba.
 Entonces oí hablar de tía Caroline una hoodoo woman  de Clarksdale, tan famosa por su fogosidad como por su dominio de la magia.
Aquella mujer poseía los ojos más raros que había visto jamás: sus pupilas amarillo oscuro la asemejaban a una gata negra, incluso por su expresión, parecía estar de caza. Me miraba como si yo fuese un ratón suculento. Le conté mi deseo y le dije que no me importaba el precio. Me miró fijamente y me dijo que yo nací bajo la protección de Legba, que volviera al caer la noche, le llevara una fotografía mía y alguna cuerda de mi guitarra.
Un rayo corrió por mi espalda al oír de sus labios tu nombre. Siempre había creído que se trataba de un cuento de la abuela. Le pregunté quien era Legba y ella con despreocupación y sin darle ninguna importancia me respondió: el Diablo.
Salí de aquel lugar en una especie de trance, no sabia muy bien si soñaba o era cierto lo que acababa de oír. Pensé seriamente en volver a Hazlehurst, quemar mi vieja guitarra y dedicarme a la vida de granjero que el destino me asignó. Mientras el día pasaba, al caer el sol y sumido en mil dudas, mi cuerpo recolectó lo que tía Caroline había pedido y se dirigió hacia su casa.
De blanco resplandeciente iba vestida cuando abrió la pesada puerta para recibirme, con la luz de las mil velas que tenía encendidas por toda la estancia se adivinaba su cuerpo bajo el leve vestido. Estaba tan nervioso que no pensé en aquel momento que aquella mujer intentaba seducirme, ni siquiera cuando empezó a hablarme casi en susurros. Ordenó que me sentara en un sillón que a mí se me antojaba un trono real, ante él, en una enorme mesa, había un gallo negro en una jaula, un machete, una botella de ron, una caja de hojalata, una especie de ánfora en miniatura, un saquito de terciopelo rojo y un manojo de hierbas secas. Me reclamó la fotografía, la cuerda de guitarra y las añadió al grupo de objetos.
-Bien, ¿estas preparado?-me preguntó con un tono suave y relajado.
-Creo estarlo- le respondí algo temeroso.
-Veas lo que veas, pase lo que pase no te asustes, te doy mi palabra de que nada malo te va a suceder.
Asentí levemente con la cabeza y ella se colocó ante mí, cerró los ojos y empezó a entonar una cancioncilla en una extraña lengua, mientras se cimbreaba de un lado a otro con los brazos levantados al cielo. De pronto cesó, bebió de la botella de ron y me lo escupió encima con fuerza, comenzó a rodearme mientras me rociaba con el ron y entonaba rezos extraños; tiraba de mi ropa indicándome que me fuera despojando de ella mientras hacía su ritual. No paró hasta dejarme totalmente desnudo y empapado de ron. Se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a lamer el ron de mi piel, cogió mis manos y las puso sobre sus pechos invitándome a gozar de ella, mientras ella lo hacia de mí. Aquella mujer destilaba lujuria, olía a sexo salvaje y quería algo de mí, que estaba a punto para darle, entonces cuando yo estaba preparado para buscar su sexo, fue ella quien se adelantó a por el mío y se dejó caer con fuerza sobre el…esa negra sabia moverse, vaya si sabia. Entre cánticos extraños, jadeos y movimientos frenéticos, descargué todo lo que llevaba dentro de ella. Al notarlo salió disparada y se colocó sobre un cuenco en cuclillas, esperando que mis fluidos la abandonaran. Una vez conseguido lo llevó a la mesa y ante mi estupor, sacó al gallo de su jaula y de un certero machetazo le seccionó la cabeza, mezcló la sangre del infortunado gallo con los restos de mi semen, añadió los hierbajos secos y mientras su canturreo aumentaba de volumen y de ritmo lo amasaba todo con las manos, logrando mezclar los tres elementos. Parte de la mezcla la introdujo en el ánfora, la otra parte en el saquito de terciopelo rojo el cual cerró con esmero.
Me invitó a vestirme y a acercarme a la mesa, acto seguido me pidió que metiera en la caja de hojalata mi fotografía, la cuerda de guitarra y el ánfora, para después sellarla bien y no volver a abrirla nunca más. Se acerco a mí con el saquito y me lo colgó al cuello, me hizo jurar que jamás me lo quitaría y me explicó que un perro negro, flaco y triste vendría a buscarme para llevarme al cruce donde tú me esperarías. Antes de que aparecieras tendría que enterrar bien profundo la caja en el centro mismo de la encrucijada. Me condujo hacía la puerta con cierta prisa, al preguntarle por los gastos de su servicio, me dijo que no le debía nada, que Legba ya le pagaría. Fue entonces cuando vi miedo en sus ojos. La pesada puerta se cerró para no volver a ver a tía Caroline nunca más.
(Continuará)

 

Un dandy llamado Willy Deville.

Posted in Cosas mías..., Sonidos... with tags , , on agosto 11, 2009 by Rbk.

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Merci pour toutes les belles notes, pour toutes les tristes chansons, merci pour partager ton talent.
Jusqu’à(Même) tôt, Monsieur Deville. Que la terre il soit légère…

   (27 de Agosto de 1953 – 7 de Agosto de 2009)